Quiero cerrar las entradas sobre "Lenguaje e Improvisación" con un tema que no cubrí en los posteos anteriores sobre el tema pero que debería ocupar un lugar importante. Se trata del elemento fónico que está indisolublemente implicado en la ejecución musical. No se trata solamente de la voz en el canto, sino de lo que se expresa, sobre todo en el jazz, en el sonido de todo músico improvisador. Hay una insistencia en que cada músico en formación debe encontrar su propia "voz", y de hecho cada figura de peso en la galería de los famosos músicos de jazz son reconocibles por su sonido. El que conoce el género puede identificar casi sólo por el sonido, quién es el que toca en un disco determinado. El sonido de Bix Beiderbecke es un ejemplo de ello. Ese tono delicado y frágil, casi imposible de imitar es un sello de identidad. Hay un mundo de diferencia en el sonido del trompetista Dizzy Gillespie, o del de Kenny Wheeler, por mencionar a algunos muy personales. John Coltrane marca un sonido imitado por muchos, pero sigue siendo inconfundible. Lo interesante de este enfoque es como los intérpretes en el jazz logran singularizarse, y hay una referencia que los sitúa como sujetos.
Mis intentos de relacionar el lenguaje musical con el lenguaje general usando categorías Lacanianas encuentra aquí un grave obstáculo. Lacan se reviere a "la voz" en distintos momentos de su obra, donde se pueden aislar tres grandes momentos. El primero, que aparece en el Seminario III y su escrito sobre la psicosis, hace que la voz se presente alucinatoriamente como aquello forcluído de lo Simbólico, reaparece en lo Real. Es lo que sucede en el fenómeno alucinatorio psicótico, o en las voces emplazantes del delirio. Quizás esa presentación que se manifiesta desde lo Real, sea un punto que podamos rescatar, aunque habría que hacer una torsión teórica muy compleja, porque en el caso de la música, esa voz, lejos de producirse por una disociación esquizofrénica, es el cimiento de una construcción de subjetividad.
Una segunda versión sobre el lugar de la voz ocurre en los tiempos del Seminario V, o del escrito La Subversión del Sujeto, tiempos en que se construye el célebre "grafo del deseo" Allí la voz empieza a perder status fenoménico. Es considerado un simple soporte del significante, que en el curso de su articulación lo desprende como "resto" de la operación significante. Sin embargo aquí todavía podemos decir que la voz retumba como lejano trueno, pero despojado de la tormenta del que formó parte.
Finalmente, a partir del Seminario de la Angustia, la voz termina de despojarse totalmente de toda substancia. Si bien es elevada a la categoría de "Objeto a" desde donde toma valor de causa de deseo, es de naturleza "a-fona", más vinculado al silencio, sin posibilidad de representación especular, o en otras palabras, de sonido.
De modo que mi empresa de tratar de vincular el tema del sonido con la voz, recurriendo a claves lacanianas, encuentra aquí su fracaso.
Del mismo modo en que no pude vincular la nota musical con la palabra significante, a esta altura de mi indagación, tengo que reconocer que la voz del canto, o con el peculiar sonido instrumental, se identifica con el signo, definido como aquello que significa algo para alguien. y no con el significante, que consiste en lo que se vincula con otro significante, para significar un sujeto.
La voz grave y rasposa se identifica inmediatamente con Louis Armstrong, y el sol radiante de su trompeta en la introducción de West End Blues, no puede ser otro que él. Cuando se escucha aquel solo frágil, bello, sugerente, inmensamente poético en la vieja grabación de Frankie Trambauer de Singing the Blues, el nombre de Bix Beiderbeck surge inmediatamente. Sólo Bix puede tocar así.
Sin embargo eso que constituye algo tan importante en la constitución de una subjetividad, me sigue provocando una perplejidad inquietante. ¿Habrá algo que se me escapa en mi análisis? Sé que éste es un blog privado, que no lee casi nadie, y menos mis colegas psicoanalistas. Pero vaya uno a saber...por ahí alguien me arrima otra vertiente.
E pur si muove.
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